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CULTURA

¿Y SI NOS QUEDAMOS SIN ALGUIEN PARA HABLAR?

Por. Biaani Garfias Gallegos 

Según la ONU, cada dos semanas desaparece una lengua. No es algo que suene extraño hoy en día, con la globalización, los medios masivos de comunicación y la idea de ir hacia un mundo mejor; nos inculcan que conviene aprender idiomas que sean de habla generalizada, como parte de un sistema en donde puedes “trabajar hasta llegar a tu meta”. Esta cuestión es preocupante y desalentadora en un país que se destaca por su heterogeneidad cultural y los distintos pueblos que lo componen, cada uno con su idioma, cada uno con su forma particular de apropiarse del mundo por medio del lenguaje.

El caso mexicano es algo particular, donde las lenguas maternas pertenecen a un grupo social que amamos y repudiamos al mismo tiempo, que encuentra sus raíces en la época prehispánica y es uno de los pilares para la construcción de nuestra nacionalidad.

La dicotomía se hace en el presente donde pocas veces hay cabida para este grupo, fuera de algunos intentos por parte de políticas integradoras que intentan rescatarlos de la inminente extinción causada por el sistema “progresista” en el que vivimos. Se dice que en cada individuo o en cada institución podemos ver reflejada la sociedad a la que pertenece, así que hablaré del caso específico de mi familia que, sin afán de generalizar, creo que ejemplifica el proceso de desaparición de nuestras lenguas.

En mi familia, el zapoteco es un elemento esencial que se encuentra esparcido en detalles grandes y pequeños de nuestra vidas: la mayoría de sus miembros, incluyéndome, lo tenemos impreso en nuestros nombres; de vez en cuando, en alguna ocurrencia, decimos palabras altisonantes en este idioma como para suavizarlas o darles un tono carismático; para contar historias y referirnos a la gente de los barrios donde vivían mis papás, utilizamos sus apodos zapotecos; a veces cantamos versos de canciones como la Zandunga. A pesar de esto estamos contribuyendo a silenciar una manera distinta de concebir el mundo.

Las últimas generaciones en hablar el zapoteco fueron las de mis abuelos y bisabuelos, aunque recuerdo más la parte materna. Durante mi niñez, en mis visitas al Istmo de Tehuantepec, Oaxaca, convivía con mi abuela y mi bisabuela, quienes se negaban a migrar y dejar su vida en ese lugar. Verlas juntas era vivir el zapoteco: el idioma de comunicación predilecto entre ellas.

Escucharlas cuando era niña, me causaba gran curiosidad. No podía dejar de imaginar de qué estarían hablando: si era del día; de la comida; de alguna persona o incluso de mí. Lo curioso de esos momentos era que se sumergían en una intimidad que yo no podía penetrar; pareciera que creyeran que nadie las estaba viendo o escuchando. Generalmente lo hablaban cuando estaban solas en alguna habitación, cuando se molestaban entre ellas o cuando no había más que una persona acompañándolas; si nos descubrían mirándolas cambiaban el zapoteco por el castellano, tal vez para no hacernos sentir apartadas de ese mundo o para no confundir nuestra mente de niñas.

Algunas veces, las frases solo se les escapaban de los labios. Supongo que se decían entre ellas: “abre la puerta”, “apaga la luz”, “ayúdame a poner la mesa”, “ve a comprar a la tienda” y posteriormente seguía la acción. De vez en cuando, me dejaban a mí y a mis primos ser espectadores de sus conversaciones y es ahí donde les preguntaba cómo se decían palabras simples como “hola”, “día”, “amor”, palabras que se quedaron fugazmente en mi memoria y después en el olvido.

En mi curiosidad de niña y en algún intento por parte de mis padres de inculcarme esta lengua, se decidió que asistiría a clases con mi bisabuela donde me enseñaría a hablar y entender el zapoteco. No resultó tan bien como esperaba, pues en mi concepción occidental de enseñanza pensé que comenzaríamos por las palabras y después por frases compuestas, acompañadas siempre de la escritura. Lo que sucedió fue que empezó por conversaciones que me parecían venidas de otro planeta. Decía: “Pa diux. Gudidí gurí (Hola. Pasa y siéntate)”, mientras hacía señas con las manos para que me sentara frente a ella. “¿Xhi noo xha lu? (¿Cómo estás?)”, de mi parte solo silencio mientras esperaba la traducción al castellano con cara de no entender nada. “¿Biene lu la? (¿Entendiste?)”, “…” y yo me quedaba callada.

Las clases consistían en sentarme y escucharla hablar; me preguntaba cómo iba a aprender algo de esa manera. Ahora entiendo que, en comparación con nuestro sistema de educación, las lenguas originarias se transmitieron oralmente a través de la vida cotidiana. Esto implica, también, una concepción del mundo, en la cual no estaba pensado un alfabeto como el que tenemos ahora.

Así decidí que era muy difícil y preferí dejarlo para después, no sin antes grabar en mi mente algunas palabras que me parecían simpáticas, en su mayoría inapropiadas para niñas de mi edad, pero que podría decir sin que nadie me entendiera. Así como hacían mis abuelas a la hora de conversar, mis palabras iban a ser un secreto entre el zapoteco y yo; así por fin me sentía un poco perteneciente a este otro mundo tan desconocido y cercano.
En la generación de mis padres se comenzó a sentir la ruptura con la lengua materna. Mis abuelos, influidos por la época en la que crecieron, decidieron que inculcarles el castellano les haría la vida más sencilla: con esto podrían acceder a la superación tan deseada, basada en la cultura del esfuerzo y la educación. Así estarían preparados para una sociedad en la que el uso de las lenguas originarias no tenía razón de ser, donde tenía un papel secundario.

El siglo XX, en el cual crecieron mis abuelos y mis padres vivieron su niñez, fue una época importante para la cuestión indígena moderna. Se buscaba acoplar a las comunidades con la nación mexicana; de la mano de intelectuales como Manuel Gamio se esparció la idea de “tratar de entenderlas” con el modelo de escuelas rurales en el que participó mi abuela paterna. Lo que sucedió en realidad fue un intento de aculturación, en el que se trataba de adaptarlas al modelo general del país. Dentro de este afán se encontraba la necesidad de imponer el castellano para acceder a la educación y al mundo globalizado, minimizando la importancia de aprender la lengua materna, hasta el grado que mis abuelos decidieron cortar el lazo con el zapoteco, a favor de la prometida prosperidad que se veía en aprender el castellano: así decidieron dejar de transmitirlo directamente a mis padres.
En casa de mi mamá, el zapoteco estaba restringido a mi abuela, su hermano y mi bisabuela. De esas conversaciones ajenas, ella pudo aprender a entender el idioma, pero la falta de práctica y el entorno escolar, que era castellano en su totalidad, le impidió conseguir hablarlo.

El caso de mi padre es parecido, la transmisión fue sesgada y aprendió la lengua ya cuando iba a la universidad, en alguna materia propia de la licenciatura de antropología. Cuando regresaba a su pueblo aprendía fuera de casa con conocidos cercanos que preservaron esa parte de su cultura, lo que le hizo sentir desprotección por parte de mis abuelos que decidieron no transmitirle ese conocimiento, pues en ese momento había tomado una gran importancia para él. Así, ambos aprendieron el zapoteco por piezas que no han llegado a completar hasta el día de hoy.

Desde que era pequeña aprendí a identificarme con mi nombre. Después de aprender a pedir las necesidades básicas como comida, para mí, lo más importante fue saber cómo decir mi nombre y su significado: “me llamo ´Biaani´ y significa ´luz´ en zapoteco del Istmo de Tehuantepec”, eso era lo que me repetía a mí misma. Posteriormente, a los seis años, para no confundir mi poca compresión del lenguaje me enseñaron que mi nombre completo era otro, Biaani solo era mi nombre ante la ley. Mi nombre ente la iglesia es Biaani Bizalua, que significa “luz de mis ojos”. Cuando lo aprendí me emocionaba saber que incluso en mi nombre estaban estos secretos del lenguaje, me sentía especial al saber el significado de, por lo menos, esas palabras. Es ahí donde radica mi relación principal con el zapoteco, desde mi nombre viene un empuje para querer aprenderla y un toque de añoranza por recuperarla.

Ciertamente, al tiempo que fui creciendo y entendiendo lo importante que pudo haber sido para mí que me enseñaran el zapoteco, se le reproché a mis padres. Ellos contestaron con las historias sobre su relación con esta lengua materna, sobre cómo el zapoteco llegó a mi generación: como pequeños restos, algunas migajas que he podido recoger.

He aprendido palabras sueltas con pésima pronunciación y nula capacidad de comunicar mis ideas: “guié” significa flor, “sicarú” es bonito, “nisa” es agua, “bi” viento, “gola” antiguo o viejo; “xa” atrás; “dani” cerro o monte; “roo” es grande. La unión de estas palabras da vocablos nuevos como “guiedani”, literalmente flor de monte o flor silvestre; “biniza” significa literalmente viento y agua, pero denota brisa. Cada una de ellas las trato de memorizar por algunos días. Trato de aprender como los zapotecos el zapoteco, y posteriormente las anoto para no olvidarlas como es necesario para una persona educada en un sistema occidental, puesto que me es complicado unir estas ideas. Son palabras que segmentadas quieren decir una cosa y juntas son la suma de los significados de las palabras segmentadas, algo a lo que mi mente no está acostumbrada.

Mientras mi bisabuela vivía, me asombraba escuchar las conversaciones que sostenía con mi abuela en ese idioma tan cercano y desconocido para mí. En su momento nunca pensé que fuera posible dejar de escucharlo o que dejara de sorprenderme, así dejé pasar el tiempo siendo solo una espectadora de tales escenas.

Cuando mi bisabuela murió, murió con ella ese universo, mi abuela se quedó sin alguien con quien poder hablar zapoteco, se quedó callada y así enmudeció casi por completo la lengua materna en mi familia. Ahora solo lo escucho de vez en cuando en mi nombre, el cual entiendo como una manera de no perder la esencia de donde viene mi familia. A pesar de haber migrado a la ciudad, mi lengua madre viene conmigo: en las bromas y en mis torpes intentos por aprender algunas cosas que mis padres pueden transmitirme. Sin embargo, más torpe aún me parece mi desidia, dejar pasar el tiempo para aprender con mi abuela antes de que se haya extinguido totalmente.

Ahora, a parte de causarme ese asombro y curiosidad, me causa temor y dolor perder esta carrera contra el tiempo, dejar que estas palabras sueltas suenen huecas al no encontrarles una razón de ser y que pasen a ser parte de los recuerdos. No quiero seguir con este sentimiento de añoranza y culpa por no convertirme en ese alguien con quien mi abuela pueda volver a hablar el zapoteco.

 

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